¡BASTA!
Poco a poco va tomando conciencia de su propio cuerpo, de su existencia. Entre los pliegues de la cortina, cierta claridad indica que está amaneciendo. Se mantiene muy quieta entre las sábanas para no sentir dolor. Quizá, si no se mueve y respira despacio, el dolor del costado irá menguando. Las imágenes y los sonidos de la noche vuelven a su pensamiento. Y con ellos, la angustia y el miedo.
Escucha sus pasos por el pasillo. Pun, pun, pun. El corazón se le encoge en el pecho. Pero entonces, PLAM, el gran portazo. Se ha marchado. Su corazón poco a poco se va calmando. Muy despacio empieza a moverse. Se levanta de la cama. Le duele mucho. Se acerca al espejo y se levanta el camisón. El aspecto es horrible. Una mancha morada cubre sus costillas, donde él le ha dado el puñetazo. Pero mucho más le duele el alma. Y el amor propio.
Se mira al espejo, a los ojos, y se ve muy guapa. A pesar del morado de los ojos, tiene una mirada diferente: brillante, esperanzada, soñadora… Se ducha dejando caer el agua caliente mucho rato. Disfrutando, sintiendo. Se pone su vestido verde. Ese que le sienta tan bien. El que se compro para su viaje a Mallorca, cuando estaban bien, cuando lo sentía enamorado. Prepara la maleta. Se maquilla despacio, lleva mucho tiempo sin hacerlo. A él no le gustan las mujeres maquilladas. Pero hoy es un día especial. Lo considera un símbolo. Igual que los zapatos de tacón, a los que se sube con determinación. Se siente poderosa. Ha dicho: ¡Basta!
Abre la puerta de la casa. Con la maleta en la mano y la cabeza muy alta, piensa que es una mujer diferente. Algo ha cambiado en su interior. No sabe cómo será su futuro, pero lo inmediato va a ser denunciar en comisaría. Cierra los ojos, coge aire profundamente y … AVANZA....
Maialen